
09/09/2008
El Plural / Política
El mundo nuevo del cardenal de Toledo
Cañizares predica el retorno al absolutismo o una democracia vigilada por los brujos de la tribu
El Partido Popular ejerce con obstinada frecuencia de brazo político de la jerarquía eclesiástica española. Nada de lo que hace este Gobierno les parece bien a los monseñores. Si alguien recuerda una iniciativa de Zapatero acogida con aplausos –aunque no fueran ovaciones entusiastas- por la cúpula católica, que lo diga de inmediato. Continúa así la tradición secular de los mandamases de la Iglesia de respaldar a la derecha y, a menudo, de fundirse con ella.
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Tras el edicto de Milán, decretado por el emperador Constantino y su colega de la parte oriental del Imperio, Licinio, el año 313, los cristianos pasaron de la clandestinidad a formar parte del poder político. El año 380 –gobernando en Roma Teodosio-, el cristianismo se convirtió en la religión oficial del Estado. Los obispos empezaron a desempeñar tareas políticas e incluso de Gobierno. De entonces acá, numerosos clérigos -de alto rango en su mayoría- han ocupado cargos de gran importancia política.
El Consejo del Reino
En España, el Consejo del Reino –órgano instaurado por el general Franco- estaba integrado, entre otros prebostes militares y civiles, por el prelado de mayor jerarquía y antigüedad de entre los obispos que eran procuradores en Cortes. ¿Habrá que evocar una vez más el ominoso papel que protagonizó la Iglesia católica primero contra la II República, más tarde cuando los obispos –salvo dos excepciones- bautizaron la guerra civil y la llamaron Cruzada de Liberación Nacional y finalmente convirtiendo el régimen franquista en una teocracia?
Hostilidad irrefrenable
¿Puede sorprender, pues, la hostilidad irrefrenable de los jefes supremos de la Iglesia aquí y ahora contra el Gobierno actual, si el mal viene de tiempos inmemoriales? ¿Puede extrañar que la cadena radiofónica episcopal haya llegado a ser, desde hace muchos años, una lanzadera infatigable de ataques furibundos contra la izquierda y, en determinadas ocasiones, contra los tibios de la derecha? ¿Por qué el cardenal Cañizares, arzobispo de Toledo, utiliza el púlpito para descalificar siempre la política de los socialistas?
El fondo de las críticas
El fondo de las críticas de Cañizares –en consonancia con buena parte de sus colegas cardenalicios o arzobispales- va mucho más lejos que los argumentos empleados frente a cada decisión de Zapatero. Aunque midiendo con cuidado sus palabras, Cañizares en su última homilía reclamó el advenimiento de un mundo nuevo hecho de hombres que reconocen a Dios y defienden derechos fundamentales que “no son frutos de mayorías parlamentarias, ni de los consensos políticos, ni de los estadios culturales”.
Príncipe de la Iglesia
Ahí está la clave del pensamiento de este Príncipe de la Iglesia. Las democracias al uso no han resuelto –según los portavoces del integrismo o fundamentalismo cristiano- el problema de Dios en la política y en la vida cotidiana de los seres humanos. No sólo no lo han resuelto, sino que lo cuestionan. Las democracias –sobre todo en manos progresistas- no le reconocen a Dios el papel de Sumo Hacedor.
Órdine Nuovo
Es necesario, por consiguiente, desde la lógica de los cañizares de turno, construir un mundo nuevo –se entiende que distinto al mundo de las libertades y los derechos humanos- que no dependa de las “mayorías parlamentarias”. ¿Se refiere Cañizares al Órdine Novo o el Nuevo Orden, que predicaban los conservadores y la extrema derecha en los años setenta? Tampoco –puntualiza este cardenal amigo de Benedicto XVI- ese “mundo nuevo” debería depender de los consensos, otro ingrediente de toda democracia. Ni de los “estadios culturales”, o sea de los intelectuales, que tienden en su mayoría a defender posiciones progresistas.
La soberanía
No es ninguna exageración afirmar que Cañizares propugna un sistema político más teocrático que democrático. Aboga por el retorno, de hecho, al absolutismo o a una presencia oficializada de Dios en la política, a través, naturalmente, de los jefes eclesiásticos, que se vanaglorian de ser sus representantes en la Tierra. En el mejor de los supuestos, el cardenal de Toledo preconiza una especie de democracia vigilada en nombre de Dios. La última palabra no la tendrían, pues, los elegidos en sufragio universal, sino los brujos de la tribu. La soberanía no residiría en los ciudadanos, sino en Dios. O, mejor dicho, en su Dios.
Enric Sopena es director de El Plural
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